Revisando la actualidad nacional e internacional de la mano de la prensa digital, me topo con estupor con un titular: "La Policía desactiva la carga explosiva del coche bomba y levanta el cordón de seguridad". Mi querida capital riojana, la que siempre visito para ir en autobús hacia la capital española, ha vuelto a ser objetivo de los "gudaris". Nuestro emplazamiento geoestratégico invita a atacarnos para huir inmediatamente hacia el antaño edén de la banda terrorista, es decir, hacia Francia. En esta ocasión, los 80 kilogramos de explosivo que pretendían causar el dolor, han sido desactivados. Otras veces no ha sido así y quizá, cada vez que oigo hablar de estos hijos de puta -siento decirlo así, perdónenme- me viene a la mente el atentado terrorista que sufrió el cuartel de la Guardia Civil de mi ciudad, Arnedo. Fue una noche de 1995, 17 de agosto para más señas, cuando nuestra tranquilidad fue atormentada con una explosión que en su día creí que era un petardo festivo. Esos tiempos pasaron pero la memoria es traicionera y nos recuerda el miedo. A pesar de eso, la memoria también se queda con lo bueno cuando, por la tarde, más de 10.000 personas de un pueblo que ahora tiene 15.000 habitantes, salieron a la calle para dejar claro que el chantaje no iba a tener éxito entre tanto ciudadano comprometido con la democracia.
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